Por: Cristian Albeiro Pulido Melo. @cristianpulidomelo - michincalceta@gmail.com
Treinta años regresan al Simón Bolívar
El cartel ya empezó
Rock al Parque ya tiene fecha, lugar y buena parte de su ruido anunciado. El 10, 11 y 12 de octubre de 2026, el Parque Metropolitano Simón Bolívar recibirá la edición número 30 del festival. La entrada será gratuita y el cartel reúne a más de sesenta agrupaciones de distintos países y escenas. Todavía faltan horarios por tarima y otros detalles, pero Bogotá ya empezó a hacer lo de siempre: discutir.
—¿Usted sí se va a ver a Mon Laferte?
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| Mon Laferte |
—Falta metal.
—No, marica, mire ese poco de bandas.
Tan pronto circuló el cartel, comenzaron las rutas imaginarias. Uno hace captura de pantalla, otro marca nombres, alguien declara que solo irá por dos bandas y otro ya está armando parche. Yo lo abrí y no vi únicamente programación: vi años.
No puedo contar los treinta años de Rock al Parque porque llegué tarde a esa historia. Mi primer festival fue en 2005. Tenía diecisiete años, pelo largo, uñas negras y la brillante idea de llegar hasta la primera valla. Ese año tocaban Apocalyptica e I.R.A. Con Mayli, mi novia de entonces, quedamos apretados contra una multitud que empujaba desde atrás mientras unos tipos con chelos hacían sonar el metal desde un lugar que yo no había imaginado. Ella empezó a quedarse sin aire. Unos desconocidos abrieron espacio. Respiró. Seguimos.
El Simón Bolívar que recuerdo de entonces también tenía otra escala para mi cuerpo. Yo no veía operación, infraestructura ni logística: veía una tarima enorme al fondo y una sola tarea, llegar lo más adelante posible. Aquella edición abrió por primera vez con más de cuarenta mil personas y terminó reuniendo alrededor de 210 mil asistentes durante los tres días. Yo no sabía nada de esas cifras. Lo que conocía era la presión de una valla contra el abdomen, el calor de otros cuerpos pegados a la espalda y la música golpeando desde adelante.
Veintiún años después, Apocalyptica e I.R.A. vuelven a estar en el cartel.
“Hay bandas que uno vuelve a escuchar y le devuelven una edad completa.”
Una ciudad dentro del archivo
En 2007 vi a Los Bunkers. Yo venía metido en el metal, el hardcore y el rock pesado, y ellos me movieron el piso: melodía, atmósfera, amor, política, tristeza; una puesta en escena que iba más allá de tocar canciones. Ese Rock al Parque también quedó marcado por una granizada que suspendió la primera jornada: Bogotá recordándonos que aquí el clima también programa.
En 2008 llegó Gondwana. El reggae todavía podía sentirse extraño dentro de las fronteras mentales de algunos rockeros. A mí me abrió otra puerta: brincar, sí, pero también bajar revoluciones, pensar en el amor, en la espiritualidad y en una vida menos acelerada. Los he escuchado después en Bogotá, pero en 2026 vuelven como maestros.
I.R.A. y Skampida aparecen en varios momentos de esa memoria. Su recurrencia dice algo del propio festival: algunas bandas dejan de sentirse invitadas y se vuelven parte de la casa. I.R.A. mostró otras formas de habitar el punk y el hardcore, otra relación con el mosh y con el cuerpo. Skampida tiene una pedagogía más sencilla: suena el brass y uno cambia de ruta. Puede estar comprando una camiseta o terminando una cerveza, escuchar que arrancaron en otra tarima y pensar: “vamos solo un rato”. Después termina brincando.
El parque también se recuerda por debajo de la música. Por el olor de la tierra recién abierta por la lluvia y el pasto convertido en barro; por la cerveza, el cigarrillo y la comida mezclándose en el mismo aire; por ese bajo que uno alcanza a sentir desde lejos antes incluso de reconocer qué banda está tocando. Hay tardes en que el pantalón se va humedeciendo desde abajo y los zapatos pesan cada vez más. El cuerpo también aprende el mapa: sabe cuánto falta para otra tarima por el cansancio de las piernas, no por los avisos.
Desorden Público me devuelve a 2015: amigos, muchachos de procesos de formación, ska, cerveza, marihuana, política y una sensación fuerte de reencuentro. Mon Laferte me lleva a 2017 y a otra clase de aprendizaje. Llegué prejuicioso y salí callado. No conocía bien sus canciones, pero su voz, su cuerpo y su capacidad performática me desmontaron el sesgo que traía. A veces uno va a Rock al Parque a descubrir que estaba equivocado.
“Cada asistente fabrica un festival distinto con el mismo mapa.”
Los maestros vuelven
Mientras yo vivía en Medellín, Bogotá siguió haciendo su festival.
Y eso también modifica una relación. Durante esos años Rock al Parque pasó de ser una cita a la que iba, a convertirse en algo que miraba desde lejos: aparecía el cartel, veía las fotos, escuchaba quién había tocado, quién la había roto, quién había decepcionado. Había algo extraño en saber que el Simón Bolívar estaba lleno y yo estaba en otra ciudad. Uno descubre que también puede extrañar un festival.
Pero Medellín me enseñó a mirar ese tipo de eventos desde otro sitio. Allí entré con mayor profundidad en la producción, la gestión y la creación alrededor de grandes encuentros musicales, especialmente Altavoz. Empecé a ver lo que antes permanecía detrás del escenario: tiempos, pruebas, desplazamientos, técnicos, artistas esperando, cables, camerinos, montaje, desmontaje. Cuando regresé a Rock al Parque ya no podía mirar una tarima únicamente desde adelante.
Cuando regresé en 2022 encontré un Rock al Parque más amplio, capaz de poner en escena cruces que años atrás parecían menos naturales. Y el propio festival regresaba también después de más de tres años de ausencia: dos fines de semana, cuatro jornadas, tres tarimas, 87 agrupaciones y más de 300 mil asistentes. La escala ya no era solo una impresión. La ciudad temporal se había ensanchado.
Allí escuché a Lucio Feuillet y esa conversación entre rock, músicas tradicionales, territorio y memoria latinoamericana. La frontera se había movido.
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| El rockero mayor |
Y también ha cambiado la materialidad del festival. Para hacerse una idea: la edición de 2025 necesitó 18 días continuos de montaje, más de 400 toneladas de equipos técnicos, más de 300 camiones y más de dos mil personas trabajando para levantar sus tres escenarios y toda la operación que los rodeaba. Para los treinta años ya se anuncia, además, un nuevo escenario de experiencias.
A los diecisiete años yo quería llegar a la valla y quedarme ahí. Ahora miro el mapa, calculo distancias, sé cuándo correr y cuándo no vale la pena. Uno también puede medir veinte años de festival en las rodillas, la espalda y la cantidad de parque que está dispuesto a atravesar para alcanzar otra tarima.
Yo nunca he vivido Rock al Parque como una planilla que haya que completar. Soy selectivo. Paso mucho tiempo en los puestos de comida, la cerveza, la feria, encontrando gente y caminando. Si una tarima no me interesa, me voy. Este año probablemente caminaré todavía más: hay demasiados reencuentros distribuidos por el parque. Y entre uno y otro quiero escuchar también nombres que hoy no significan nada para mí. Sería bastante triste llegar a la edición 30 convertido en el señor que solo persigue sus recuerdos.
Octubre todavía no ocurre
Para quien quiera ir, lo confirmado es sencillo: sábado 10, domingo 11 y lunes festivo 12 de octubre, Parque Metropolitano Simón Bolívar, Bogotá, entrada gratuita. Los horarios y las condiciones finales de acceso deberán revisarse en los canales oficiales cuando sean publicados.
Lo demás pertenece al conocimiento acumulado de cualquier sobreviviente del Simón Bolívar: zapatos cómodos, nada de correas, impermeable, protector solar, transporte público, cuidar el celular y llegar con tiempo. Bogotá puede ofrecer sol, aguacero y barro en la misma tarde con una eficiencia admirable.
Pero uno también llega al festival antes de atravesar la entrada. Empieza en la masa que camina hacia el parque, en las camisetas negras que empiezan a multiplicarse en los buses y en el sonido que, a medida que uno se acerca, va apareciendo por encima del tráfico. Adentro, las frecuencias de las distintas tarimas se mezclan mientras uno camina. Después de la lluvia, el parque huele a tierra removida, pasto triturado y ropa mojada.
Y al cerrar la noche ocurre el movimiento contrario. Miles de cuerpos salen por la calle 63, buscan la Avenida 68, se separan en grupos, preguntan por el TransMilenio, llaman un carro, se despiden, siguen cantando. El volumen del escenario va quedando atrás, pero durante un rato todavía se siente algo en el pecho y en los oídos. La ciudad vuelve a tragarse al festival persona por persona.
No hace falta intentar escuchar todo. Marque las bandas que de verdad no quiere perderse, pero deje huecos. Coma. Camine. Mire los puestos. Hable con desconocidos. Permita que una tarima le arruine el itinerario. En Rock al Parque, perder el plan puede ser la mejor parte del plan.
El festival todavía no ha empezado y, sin embargo, la ciudad ya está recordando.
En octubre sabremos qué sobrevivió en esas canciones, qué cambiaron los músicos y qué cambió en nosotros. Por ahora queda la invitación: volver al Simón Bolívar y comprobar, cuerpo presente, si la música que guardó nuestras edades todavía sabe dónde tocarnos.








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