sábado, 29 de agosto de 2026

LOS QUE VUELVEN A ROCK AL PARQUE 2026:

 


Por: Cristian Albeiro Pulido Melo. @cristianpulidomelo - michincalceta@gmail.com

Treinta años regresan al Simón Bolívar

El cartel ya empezó

Rock al Parque ya tiene fecha, lugar y buena parte de su ruido anunciado. El 10, 11 y 12 de octubre de 2026, el Parque Metropolitano Simón Bolívar recibirá la edición número 30 del festival. La entrada será gratuita y el cartel reúne a más de sesenta agrupaciones de distintos países y escenas. Todavía faltan horarios por tarima y otros detalles, pero Bogotá ya empezó a hacer lo de siempre: discutir.

—¿Usted sí se va a ver a Mon Laferte?

Mon Laferte
—Uy, Apocalyptica otra vez.
—Falta metal.
—No, marica, mire ese poco de bandas.

Tan pronto circuló el cartel, comenzaron las rutas imaginarias. Uno hace captura de pantalla, otro marca nombres, alguien declara que solo irá por dos bandas y otro ya está armando parche. Yo lo abrí y no vi únicamente programación: vi años.

No puedo contar los treinta años de Rock al Parque porque llegué tarde a esa historia. Mi primer festival fue en 2005. Tenía diecisiete años, pelo largo, uñas negras y la brillante idea de llegar hasta la primera valla. Ese año tocaban Apocalyptica e I.R.A. Con Mayli, mi novia de entonces, quedamos apretados contra una multitud que empujaba desde atrás mientras unos tipos con chelos hacían sonar el metal desde un lugar que yo no había imaginado. Ella empezó a quedarse sin aire. Unos desconocidos abrieron espacio. Respiró. Seguimos.

El Simón Bolívar que recuerdo de entonces también tenía otra escala para mi cuerpo. Yo no veía operación, infraestructura ni logística: veía una tarima enorme al fondo y una sola tarea, llegar lo más adelante posible. Aquella edición abrió por primera vez con más de cuarenta mil personas y terminó reuniendo alrededor de 210 mil asistentes durante los tres días. Yo no sabía nada de esas cifras. Lo que conocía era la presión de una valla contra el abdomen, el calor de otros cuerpos pegados a la espalda y la música golpeando desde adelante.

Veintiún años después, Apocalyptica e I.R.A. vuelven a estar en el cartel.

“Hay bandas que uno vuelve a escuchar y le devuelven una edad completa.”

Una ciudad dentro del archivo

En 2007 vi a Los Bunkers. Yo venía metido en el metal, el hardcore y el rock pesado, y ellos me movieron el piso: melodía, atmósfera, amor, política, tristeza; una puesta en escena que iba más allá de tocar canciones. Ese Rock al Parque también quedó marcado por una granizada que suspendió la primera jornada: Bogotá recordándonos que aquí el clima también programa.

En 2008 llegó Gondwana. El reggae todavía podía sentirse extraño dentro de las fronteras mentales de algunos rockeros. A mí me abrió otra puerta: brincar, sí, pero también bajar revoluciones, pensar en el amor, en la espiritualidad y en una vida menos acelerada. Los he escuchado después en Bogotá, pero en 2026 vuelven como maestros.

I.R.A. y Skampida aparecen en varios momentos de esa memoria. Su recurrencia dice algo del propio festival: algunas bandas dejan de sentirse invitadas y se vuelven parte de la casa. I.R.A. mostró otras formas de habitar el punk y el hardcore, otra relación con el mosh y con el cuerpo. Skampida tiene una pedagogía más sencilla: suena el brass y uno cambia de ruta. Puede estar comprando una camiseta o terminando una cerveza, escuchar que arrancaron en otra tarima y pensar: “vamos solo un rato”. Después termina brincando.

El parque también se recuerda por debajo de la música. Por el olor de la tierra recién abierta por la lluvia y el pasto convertido en barro; por la cerveza, el cigarrillo y la comida mezclándose en el mismo aire; por ese bajo que uno alcanza a sentir desde lejos antes incluso de reconocer qué banda está tocando. Hay tardes en que el pantalón se va humedeciendo desde abajo y los zapatos pesan cada vez más. El cuerpo también aprende el mapa: sabe cuánto falta para otra tarima por el cansancio de las piernas, no por los avisos.

Desorden Público me devuelve a 2015: amigos, muchachos de procesos de formación, ska, cerveza, marihuana, política y una sensación fuerte de reencuentro. Mon Laferte me lleva a 2017 y a otra clase de aprendizaje. Llegué prejuicioso y salí callado. No conocía bien sus canciones, pero su voz, su cuerpo y su capacidad performática me desmontaron el sesgo que traía. A veces uno va a Rock al Parque a descubrir que estaba equivocado.

“Cada asistente fabrica un festival distinto con el mismo mapa.”

Los maestros vuelven

  

Mientras yo vivía en Medellín, Bogotá siguió haciendo su festival.

Y eso también modifica una relación. Durante esos años Rock al Parque pasó de ser una cita a la que iba, a convertirse en algo que miraba desde lejos: aparecía el cartel, veía las fotos, escuchaba quién había tocado, quién la había roto, quién había decepcionado. Había algo extraño en saber que el Simón Bolívar estaba lleno y yo estaba en otra ciudad. Uno descubre que también puede extrañar un festival.

Pero Medellín me enseñó a mirar ese tipo de eventos desde otro sitio. Allí entré con mayor profundidad en la producción, la gestión y la creación alrededor de grandes encuentros musicales, especialmente Altavoz. Empecé a ver lo que antes permanecía detrás del escenario: tiempos, pruebas, desplazamientos, técnicos, artistas esperando, cables, camerinos, montaje, desmontaje. Cuando regresé a Rock al Parque ya no podía mirar una tarima únicamente desde adelante.

Cuando regresé en 2022 encontré un Rock al Parque más amplio, capaz de poner en escena cruces que años atrás parecían menos naturales. Y el propio festival regresaba también después de más de tres años de ausencia: dos fines de semana, cuatro jornadas, tres tarimas, 87 agrupaciones y más de 300 mil asistentes. La escala ya no era solo una impresión. La ciudad temporal se había ensanchado.

Allí escuché a Lucio Feuillet y esa conversación entre rock, músicas tradicionales, territorio y memoria latinoamericana. La frontera se había movido.

El rockero mayor
Por eso el cartel de 2026 funciona como un archivo abierto. Apocalyptica nos sitúa en 2005. Los Bunkers, en 2007. Gondwana, en 2008. I.R.A. y Skampida atraviesan varias estaciones. Desorden Público evoca el 2015; Mon Laferte, el 2017; Lucio, el 2022. No se trata de vivir de la nostalgia; se trata de volver a escuchar a esos músicos mientras ellos, nosotros y la ciudad vamos madurando.

Y también ha cambiado la materialidad del festival. Para hacerse una idea: la edición de 2025 necesitó 18 días continuos de montaje, más de 400 toneladas de equipos técnicos, más de 300 camiones y más de dos mil personas trabajando para levantar sus tres escenarios y toda la operación que los rodeaba. Para los treinta años ya se anuncia, además, un nuevo escenario de experiencias.


A los diecisiete años yo quería llegar a la valla y quedarme ahí. Ahora miro el mapa, calculo distancias, sé cuándo correr y cuándo no vale la pena. Uno también puede medir veinte años de festival en las rodillas, la espalda y la cantidad de parque que está dispuesto a atravesar para alcanzar otra tarima.

Yo nunca he vivido Rock al Parque como una planilla que haya que completar. Soy selectivo. Paso mucho tiempo en los puestos de comida, la cerveza, la feria, encontrando gente y caminando. Si una tarima no me interesa, me voy. Este año probablemente caminaré todavía más: hay demasiados reencuentros distribuidos por el parque. Y entre uno y otro quiero escuchar también nombres que hoy no significan nada para mí. Sería bastante triste llegar a la edición 30 convertido en el señor que solo persigue sus recuerdos.

Octubre todavía no ocurre 

Para quien quiera ir, lo confirmado es sencillo: sábado 10, domingo 11 y lunes festivo 12 de octubre, Parque Metropolitano Simón Bolívar, Bogotá, entrada gratuita. Los horarios y las condiciones finales de acceso deberán revisarse en los canales oficiales cuando sean publicados.

Lo demás pertenece al conocimiento acumulado de cualquier sobreviviente del Simón Bolívar: zapatos cómodos, nada de correas, impermeable, protector solar, transporte público, cuidar el celular y llegar con tiempo. Bogotá puede ofrecer sol, aguacero y barro en la misma tarde con una eficiencia admirable.

Pero uno también llega al festival antes de atravesar la entrada. Empieza en la masa que camina hacia el parque, en las camisetas negras que empiezan a multiplicarse en los buses y en el sonido que, a medida que uno se acerca, va apareciendo por encima del tráfico. Adentro, las frecuencias de las distintas tarimas se mezclan mientras uno camina. Después de la lluvia, el parque huele a tierra removida, pasto triturado y ropa mojada.

Y al cerrar la noche ocurre el movimiento contrario. Miles de cuerpos salen por la calle 63, buscan la Avenida 68, se separan en grupos, preguntan por el TransMilenio, llaman un carro, se despiden, siguen cantando. El volumen del escenario va quedando atrás, pero durante un rato todavía se siente algo en el pecho y en los oídos. La ciudad vuelve a tragarse al festival persona por persona.

No hace falta intentar escuchar todo. Marque las bandas que de verdad no quiere perderse, pero deje huecos. Coma. Camine. Mire los puestos. Hable con desconocidos. Permita que una tarima le arruine el itinerario. En Rock al Parque, perder el plan puede ser la mejor parte del plan.

El festival todavía no ha empezado y, sin embargo, la ciudad ya está recordando.

En octubre sabremos qué sobrevivió en esas canciones, qué cambiaron los músicos y qué cambió en nosotros. Por ahora queda la invitación: volver al Simón Bolívar y comprobar, cuerpo presente, si la música que guardó nuestras edades todavía sabe dónde tocarnos.

viernes, 28 de agosto de 2026

Bogotá: una ciudad que se estremece para cambiar de piel


 

Cristian Albeiro Pulido Melo

Bogotá se transforma. El metro avanza bajo sus calles, las grúas modifican el paisaje y el concreto anuncia una nueva ciudad. Pero mientras el futuro se levanta, también permanecen los recuerdos, los gestos, los sabores y las historias que construyen la memoria de quienes la habitan. Este texto, escrito desde una mirada íntima y poética, propone otra manera de observar la renovación de la ciudad.


ACOMPAÑAMIENTO PARA GARBANZOS

Autor: Cristian Albeiro Pulido Melo. Escritor, artista y gestor cultural en Bogotá. 


Mediodía bogotano.

Garbanzos cremosos humeando. Papas sabaneras con romero. El edificio vibra. No es metáfora. Vibra de verdad. El metro perfora unas cuadras más abajo y cada vez que la máquina entra en la tierra, el concreto devuelve una respiración profunda, como si el edificio quisiera desprenderse de sí mismo. Estoy aquí, entre la cúrcuma y los trámites, sosteniendo la épica burocrática del país y lo que queda de mi corazón.

La escena tiene algo de cine.

El polvo sube desde la obra. Las grúas giran despacio. El futuro se levanta en columnas de concreto mientras el presente intenta almorzar.

Pienso que en otros lugares restauran viejas estaciones de tren fronterizas, hospitales abandonados en pueblos que ya casi no existen, bodegas convertidas en centros culturales al borde del desierto y la sal. Patrimonios inmuebles, dicen los informes. Aquí el patrimonio vibra distinto. Sale de una olla. Se sienta a la mesa. Pasa de unas manos a otras sin necesitar una placa de bronce.

La vida cotidiana también conserva. Solo que casi nunca inauguran una ceremonia para ella.

Tecleo fuerte, como un piano de rock sinfónico. El metro sigue taladrando. Ajusto unas observaciones para un seguimiento técnico mientras, con la otra mano, dejo caer apenas unas gotas más de vinagre de manzana sobre la ensalada. Me doy cuenta de que hago exactamente lo mismo en ambos lugares.

Ajustar. Equilibrar. No dejar que una variable arruine el conjunto. Nada importante se improvisa del todo.

Hace dos días me robaron. Plena mañana. Una calle llena de gente.

Me rodearon. Regaron toda mi maleta sobre el andén. Escogieron con calma lo que iban a llevarse. Me dejaron el resto. Me dijeron que lo recogiera. Que volviera a empacar. Permanecieron allí, esperando, mientras yo recogía mis cosas del suelo como quien junta pedazos de una escena que todavía no entiende.




Cuando terminé de cerrar la maleta, llegó la patada.

No fue solamente el golpe.

Fue la naturalidad. La gente que siguió caminando. La ciudad haciendo exactamente lo que una ciudad hace cuando ha visto demasiado. Todavía llevo un raspón en la frente.

El edificio vuelve a vibrar.

Respiro.

Que tiemble el concreto. No la cabeza. Pongo las papas a hervir con piel. Con sal generosa. La piel sostiene algo que todavía no sé nombrar. Después las parto en mitades grandes y las dejo dorarse despacio. Sin ansiedad. Que hagan costra. Hay cosas que solo adquieren consistencia cuando el fuego deja de ser urgencia.

La papa sabanera siempre me lleva a mi abuelo.

Él fue un niño entre cultivos, recogiendo papa con las manos hundidas en la tierra fría de la sabana. Yo hice ese trabajo apenas una vez, muchos años después, siguiendo las huellas de una vida que todavía no he escrito. Recuerdo la humedad pegándose a los dedos, el peso sencillo de cada papa, la tierra metiéndose bajo las uñas como si quisiera quedarse allí.

No sé cuánto de ese recuerdo es mío.

Hay quienes dicen que mis manos son idénticas a las de él. Que camino igual. Que hago los mismos gestos cuando estoy concentrado. Cuando, como actor, me envejecen para una obra, hay fotografías en las que no logro distinguir si el hombre que me devuelve el espejo soy yo o es él.

Quizá la memoria también se herede por las manos. Quizá por eso nunca pelo una papa con prisa.

Lavo la lechuga hoja por hoja. No la corto con cuchillo. La rasgo con las manos. Ya suficiente violencia tuvo la semana. Rompo las hojas en tamaños distintos. Algunas quedan casi enteras. Otras no. El tomate verde acepta el cuchillo. El pepino cae en medias lunas. El aceite de oliva esperará hasta el final.

Cada cosa tiene su momento.

Cada cosa necesita un ritmo.

Miro de reojo al invitado de la maleta siempre lista. Hace rato dejó de parecerme un visitante y todavía no sé si alcanzó a convertirse en compañía. Pienso en todo lo que uno intenta sostener para que los vínculos no se rompan y en cómo, a veces, el esfuerzo termina pareciéndose a esas ollas que uno deja demasiado tiempo al fuego por miedo a que la comida llegue fría.

No todo lo que permanece acompaña. No todo lo que se va abandona.

Mientras tanto cargo también con cansancios que no son exactamente míos. Con proyectos de otros. Con silencios que nadie recoge. Con un raspón en la frente que casi nadie ha visto.

Los garbanzos ya están cremosos. La papa terminó de dorarse. El romero apenas se insinúa. El limón entra al final. Nunca antes.

Hay historias que se amargan si uno se apresura.

Hoy viene mi madre. Hace días que no coincidíamos. Esta mañana le di gracias a la vida por tenerla. Después pensé que también debía agradecer por tenerme todavía a mí, aquí, cocinando. A veces me toca colgar ganchos del cielo para apenas sostenerme. Ella sigue siendo el lugar donde esa gravedad descansa un momento.

Sirvo los garbanzos. Acomodo las papas. El hilo de aceite cae despacio y brilla apenas sobre la superficie.

Afuera el edificio vuelve a temblar. Las grúas siguen moviéndose. La ciudad cambia de piel. Miro mis manos. Por un instante ya no sé si son las mías o las de mi abuelo sacando una papa de la tierra.

Tal vez el patrimonio no sea otra cosa: Un gesto que encuentra otro cuerpo antes de desaparecer.

NOTAS DE ACCIÓN presenta esta publicación como una mirada diferente sobre la transformación urbana de Bogotá: no desde las cifras de inversión, los cronogramas de obra o los debates administrativos, sino desde la sensibilidad de quien vive la ciudad mientras esta cambia.

Y eso tiene mucho que ver con nuestra propia concepción del periodismo comunitario: 

La ciudad también puede contarse desde la experiencia de quienes la habitan.

lunes, 17 de agosto de 2026

Pugliazunchi: juegos ancestrales que unen a los pueblos indígenas en Rafael Uribe Uribe

Antonia Ägreda, líder comunitaria del pueblo Inga

Por Pedro Carvajal — Periódico Comunitario NOTAS DE ACCIÓN

El deporte fue el punto de encuentro, pero la memoria, la identidad y el intercambio de saberes fueron los verdaderos protagonistas de los Cuartos Juegos Tradicionales Pugliazunchi, una jornada que reunió en Rafael Uribe Uribe a integrantes de diferentes pueblos indígenas que hoy hacen parte de la vida de la localidad.

Antonia Ágreda, integrante del pueblo Inga y encargada de la organización del encuentro, explicó que Pugliazunchi reúne a comunidades que conservan en sus juegos parte de la memoria de sus territorios de origen.

La jornada contó con la participación de representantes de los pueblos Inga, Yanacona, Cubeo, Pastos, Nasa y Witoto, comunidades que, desde diferentes regiones del país, han construido también una presencia en el territorio bogotano.

Jugar para conservar la memoria

Para Antonia, los juegos tradicionales son mucho más que una actividad recreativa.

Cada pueblo lleva al encuentro una expresión de su propia historia.

Los Inga participaron con el juego de los chasquis o bandereros; el pueblo Witoto presentó un trompo elaborado con madera de chonta, diferente al tradicional trompo conocido en la ciudad; los Pastos llevaron la chaza, juego de profunda tradición nariñense, mientras que también estuvo presente la rana, conocida en la tradición indígena como cucunobá.

A estas expresiones ancestrales se sumaron actividades deportivas contemporáneas, entre ellas un microtorneo intercultural de microfútbol y baloncesto.

La combinación no es accidental.

Pugliazunchi busca que los conocimientos ancestrales puedan convivir con las prácticas deportivas que hacen parte de la vida actual de niños, jóvenes y adultos.

Seis pueblos, seis colores, una celebración

Durante la jornada, cada pueblo estuvo identificado con un color.

Los Inga, de rojo; los Yanacona, de naranja; los Witoto, de amarillo; los Pastos, de verde; los Nasa, de morado, y los Cubeo, de azul.

Los colores permitieron identificar a cada comunidad, pero también hicieron visible una característica fundamental del encuentro: la diversidad.

Antonia explicó que el propósito no está centrado únicamente en determinar quién gana.

“Lo más importante para nosotros realmente es compartir”, señaló al referirse al encuentro.

Compartir el alimento, el juego y la sabiduría constituye, desde su perspectiva, una parte esencial de la jornada.

Una apuesta por los niños y las nuevas generaciones

Uno de los propósitos que Antonia destaca es acercar a los niños a juegos que quizá no conocen y que representan una parte de la memoria de los pueblos.

La idea es que las nuevas generaciones puedan mantener el vínculo con sus tradiciones, pero también encontrarse con otras comunidades y con habitantes de la localidad.

En ese sentido, los juegos se convierten en una herramienta pedagógica y cultural.

No solamente se aprende a jugar: también se aprende que existen otras formas de entender la historia, el territorio y la comunidad.

Una mirada desde la espiritualidad

La jornada también tuvo una dimensión espiritual.

Uno de los participantes, sabedor y taita indígena residente en la localidad, explicó que la actividad estaba acompañada por una ceremonia de ofrenda y sanación.

Frutas, velas y aromas hicieron parte del mandala preparado como ofrenda a los ancestros, guías y fuerzas espirituales en las que cree su comunidad.

Su concepción de la sanación está estrechamente relacionada con el territorio.

“El territorio es nuestra fuerza, nuestro vigor”, expresó.

Para él, compartir estos saberes no constituye una actividad comercial. Lo explicó con una frase que resume buena parte de su pensamiento:

“La sanación no se cobra, se comparte.”

Su participación permitió mostrar que detrás de los juegos existen también conocimientos, prácticas espirituales y formas de relación con la naturaleza que hacen parte de la identidad de los pueblos.

De los territorios de origen a la ciudad


Los participantes de Pugliazunchi proceden de diferentes regiones y pueblos indígenas del país.

Algunos llegaron a Bogotá por desplazamiento o como víctimas de diferentes circunstancias; otros hacen parte de procesos de migración histórica.

El resultado es una realidad cultural diversa que hoy forma parte de Rafael Uribe Uribe.

La jornada permite entonces mirar la localidad desde otra perspectiva: no solamente como un territorio urbano, sino como un espacio en el que confluyen diferentes memorias, culturas y maneras de comprender la vida.

Presupuestos Participativos y participación comunitaria

Antonia explicó que la iniciativa hace parte de Presupuestos Participativos, mecanismo que permite concertar proyectos con las comunidades y responder a necesidades identificadas por ellas.

Desde su perspectiva, este tipo de ejercicios adquiere especial importancia cuando se construyen teniendo en cuenta las cosmovisiones y características de cada pueblo.

El deporte, la cultura, la recreación y la transmisión de saberes se convierten así en herramientas para fortalecer la identidad y, al mismo tiempo, promover espacios de encuentro.

El proceso también cuenta con el acompañamiento de la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe, cuyo apoyo fue reconocido por Antonia durante la jornada.

Una invitación a la ciudadanía


Pero los organizadores quieren que Pugliazunchi llegue más allá de las comunidades indígenas.

Antonia hizo una invitación a los habitantes de Rafael Uribe Uribe para que conozcan estos juegos y participen cuando se abran nuevas convocatorias.

Explicó que muchas personas no se inscriben sencillamente porque desconocen que existen estas actividades.

Por eso considera necesario fortalecer la difusión a través de los medios de comunicación.

Su mensaje tiene un destinatario claro: niños, jóvenes y ciudadanos interesados en conocer otras formas de jugar, aprender y compartir pueden acercarse a estos espacios.

Comunicación para encontrarnos

La petición de Antonia coincide con una realidad que también pudo observarse durante la jornada: la comunicación comunitaria puede convertirse en un puente entre los pueblos indígenas y el resto de la localidad.

Informar sobre estos procesos permite que la ciudadanía conozca su existencia, comprenda su significado y encuentre posibilidades de participación.

En ese sentido, cubrir Pugliazunchi no significa únicamente registrar resultados deportivos.

Significa contar una experiencia de integración en la que el juego sirve para abrir conversaciones sobre cultura, identidad, territorio y convivencia.

Mucho más que un festival deportivo


Al finalizar la jornada quedaron los resultados de los juegos y algunos ganadores simbólicos, pero el verdadero resultado fue otro.

Los pueblos compartieron sus juegos, sus alimentos, sus colores y sus conocimientos.

Los niños encontraron nuevas formas de jugar.

Los habitantes de la localidad tuvieron la oportunidad de acercarse a culturas que forman parte de su propio territorio.

Y los pueblos indígenas encontraron nuevamente un espacio para decir, mediante sus tradiciones, que también son parte de Rafael Uribe Uribe.

Pugliazunchi demuestra así que el deporte puede ser mucho más que competencia.

Puede convertirse en memoria.

Puede ser identidad.

Puede ser encuentro.

Y puede ayudar a construir comunidad cuando las diferencias dejan de ser una barrera y se convierten en una oportunidad para conocerse y compartir.



Agustín Ágreda: una voz indígena que participa en la construcción de Rafael Uribe Uribe

 

Agustín Ágreda, líder indígena de la comunidad Inga

Por Pedro Carvajal — Periódico comunitario NOTAS DE ACCIÓN

Hablar con Agustín Ágreda es acercarse a una parte de Rafael Uribe Uribe que no siempre resulta visible para quienes recorren diariamente sus calles. Integrante del pueblo Inga y coordinador de la Mesa Local Indígena de la localidad, Agustín habla de los pueblos indígenas no como comunidades ajenas al territorio, sino como parte del tejido social que también construye la vida de esta localidad.

Su encuentro con NOTAS DE ACCIÓN se produjo durante los Cuartos Juegos Tradicionales, un escenario que, para él, tiene un significado que supera ampliamente la competencia deportiva.

“Queremos mostrarle a la comunidad de Rafael Uribe Uribe que somos parte de ese conglomerado de personas que existimos acá”, explica.

Y esa afirmación resume buena parte de su pensamiento.

Una localidad de muchos pueblos



Agustín explica que en Rafael Uribe Uribe confluyen pueblos indígenas procedentes de diferentes territorios del país. Habla de los Inga, Pastos, Witoto, Cubeo, Nasa y Yanacona, cada uno con sus propias tradiciones, conocimientos, lenguas y formas de comprender el mundo.

Los caminos que los llevaron hasta Bogotá tampoco son iguales. Algunos llegaron como consecuencia del desplazamiento o de situaciones de victimización; otros hacen parte de procesos migratorios de larga trayectoria.

En el caso del pueblo Inga, Agustín habla de una migración histórica que comenzó a hacerse visible en Bogotá desde finales de la década de 1950.

Así, detrás de cada comunidad existe una historia territorial que continúa expresándose en la ciudad mediante la medicina tradicional, los tejidos, la lengua, las celebraciones y los juegos ancestrales.

La propia normativa local reconoce la presencia de diferentes pueblos indígenas en Rafael Uribe Uribe. La Resolución Local 152 de 2021 creó formalmente la Mesa Indígena Local y reconoció procesos de organización comunitaria que venían desarrollándose desde años atrás.

Organizarse para ser escuchados

Para Agustín, uno de los principales logros de los líderes indígenas ha sido precisamente conseguir que esa presencia tenga un espacio formal de interlocución con la Administración Local.

La Mesa Indígena Local de Rafael Uribe Uribe fue creada mediante la Resolución Local 152 del 2 de septiembre de 2021 como instancia de consulta, concertación, diálogo, participación, articulación e incidencia entre los pueblos indígenas y la Administración.

Para Agustín, ese reconocimiento representa parte de una lucha que busca garantizar los derechos de las comunidades y abrir espacios para participar en las decisiones que afectan su vida colectiva.

Desde allí, explica, se trabaja alrededor de asuntos como cultura, salud, educación, mujer, territorio, hábitat y formas propias de organización.

La Mesa no es entendida únicamente como un espacio para reclamar derechos. También es, según su visión, un escenario para dialogar y concertar con las instituciones.

La participación como herramienta


La trayectoria de Agustín también ha pasado por otros escenarios de participación ciudadana.

En la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe se le registra como representante de las comunidades indígenas y étnicas ante el Consejo Local de Planeación, CPL.

Su presencia en estos espacios refleja una convicción que aparece reiteradamente en su conversación: las comunidades deben participar en la construcción de las decisiones públicas que tienen relación con sus necesidades.

Por eso, al hablar de los próximos Presupuestos Participativos, su invitación no se limita a los pueblos indígenas.

Convoca a toda la ciudadanía.

Su argumento es que cada población, sector y territorio tiene necesidades particulares y que los presupuestos participativos deben convertirse en una oportunidad para que esas necesidades puedan ser expresadas, discutidas y atendidas mediante el diálogo comunitario.

Cultura que se transmite jugando

Los Cuartos Juegos Tradicionales constituyen para Agustín una de las formas de revitalizar la cultura.

Los juegos son, explica, una manera de transmitir conocimientos y fortalecer la identidad, pero no son la única.

También están la medicina tradicional, el tejido y las lenguas propias.

Por eso el encuentro deportivo adquiere un significado especial: mientras los participantes juegan, también están mostrando una parte de sus historias y de los territorios de donde provienen sus pueblos.

En una localidad urbana como Rafael Uribe Uribe, el juego se convierte así en una puerta de entrada para que otros habitantes conozcan una diversidad cultural que muchas veces permanece desconocida.

El mensaje detrás de los juegos



Agustín insiste en que los pueblos indígenas hacen parte del tejido social de la localidad.

Ese mensaje tiene especial fuerza porque no habla solamente del pasado. Habla del presente y del futuro.

Las comunidades indígenas que viven en Rafael Uribe Uribe participan de los espacios ciudadanos, dialogan con la Administración, presentan iniciativas, defienden sus derechos y buscan que sus niños y jóvenes mantengan vivos conocimientos que vienen de generaciones anteriores.

Los juegos tradicionales son, en ese sentido, una forma de memoria viva.

No se trata solamente de recordar cómo jugaban los mayores. Se trata de permitir que las nuevas generaciones conozcan aquello que forma parte de su identidad y que, al mismo tiempo, la ciudadanía que comparte el territorio pueda acercarse a esa riqueza cultural.

Una invitación a participar

Al finalizar su conversación, Agustín vuelve sobre un tema que considera fundamental: la participación ciudadana.

Invita a los habitantes de Rafael Uribe Uribe a acercarse a las actividades de las comunidades indígenas, conocer sus proyectos y participar en los procesos de Presupuestos Participativos.

Su mensaje parte de una idea sencilla: para construir comunidad primero hay que conocerse.

Y allí aparece también el papel de los medios comunitarios.

Agustín agradece a medios como NOTAS DE ACCIÓN por contribuir a visibilizar el trabajo de los pueblos y comunidades indígenas.

La comunicación comunitaria puede convertirse así en un puente: permite que quienes desconocen estos procesos sepan que existen y, a partir de allí, encuentren caminos para participar.

Una voz dentro del territorio

Agustín Ágreda no habla únicamente de los pueblos indígenas. Habla de una localidad diversa, en la que diferentes historias y procedencias se encuentran todos los días.

Su liderazgo está ligado a una tarea que parece sencilla, pero que tiene profundas implicaciones: hacer visible a una comunidad que quiere ser reconocida como parte activa de Rafael Uribe Uribe.

Los Cuartos Juegos Tradicionales fueron el escenario para mostrar una pequeña parte de esa realidad.

Detrás de los juegos están la memoria, los territorios de origen, las lenguas, la medicina, los tejidos, las cosmovisiones y los esfuerzos organizativos de pueblos que han encontrado en Bogotá un nuevo territorio para continuar su historia.

Y detrás de esa historia está también la voz de dirigentes como Agustín Ágreda, que entienden la participación no solamente como un derecho, sino como una herramienta para construir comunidad.

Porque Rafael Uribe Uribe también se construye desde la diversidad de quienes la habitan.

 

miércoles, 12 de agosto de 2026

El deporte que une a Rafael Uribe Uribe. Del campeonato interétnico a la historia de un líder deportivo


Por: Periódico comunitario NOTAS DE ACCIÓN. 

Fotos del archivo personal de Luis Bello Burgos, de Daniel Velásquez y nuestras.

El profe Burgos, como popularmente se le conoce
en la localidad Rafael Uribe U.

Hay encuentros deportivos que terminan cuando se acaba el partido. Otros dejan algo mucho más importante: el reconocimiento entre quienes comparten un territorio, la posibilidad de encontrarse desde la diversidad y la certeza de que el deporte también puede convertirse en una herramienta para construir comunidad.

El campeonato interétnico en el que participó el Profe Burgos es uno de esos escenarios.

La actividad, desarrollada con el apoyo de la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe, en el marco del Proyecto 2795, y con el acompañamiento de la Fundación Mecedoras de Mis Ancestros, permite mirar el deporte desde una perspectiva que trasciende la competencia: como espacio de integración, convivencia y reconocimiento de las distintas comunidades que hacen parte de la localidad.

Y precisamente allí aparece una historia que merece ser contada.

La historia de Luis Eduardo Burgos, conocido en Rafael Uribe Uribe como el Profe Burgos, cuya vida ha estado vinculada durante décadas al deporte comunitario.

Un niño que comenzó organizando equipos

Su relación con el deporte comenzó mucho antes de ocupar cargos dirigenciales.

“Estoy vinculado al deporte comunitario desde que tenía 10 años”, recuerda Burgos.

A esa edad comenzó a organizar los equipos de su cuadra. Reunía las planillas, recogía los datos y se encargaba de llevar la documentación a los lugares donde se organizaban los campeonatos.

A los 15 años se vinculó a procesos juveniles mediante un proyecto denominado “Jóvenes para Adelante”. Un año después, a los 16, comenzó su experiencia como líder deportivo, acompañando a un organizador de campeonatos en el barrio Gustavo Restrepo.

Aquella experiencia terminaría prolongándose durante 26 años, especialmente alrededor de los campeonatos de microfútbol.

Fue también en el proceso de las escuelas de formación deportiva de la Alcaldía donde comenzó a ser conocido como el “Profe Burgos”, un nombre que con el tiempo se convirtió en una referencia dentro del deporte de la localidad.

No se trata solamente de una percepción personal. En 2018, la propia Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe reseñaba a Luis Eduardo Burgos como director de un equipo participante en los campeonatos Interbarrios del IDRD y lo identificaba como una de las figuras representativas del fútbol local, destacando además su trabajo con escuelas de formación.

Una vida entre clubes, campeonatos y escuelas

A lo largo de su trayectoria, Burgos ha estado relacionado con diferentes procesos y clubes deportivos, entre ellos Centenario, Cefram y Lumadas, además de su paso por el Club Deportivo Centenario, donde estuvo vinculado desde categorías menores hasta Primera Especial.

Su experiencia se ha desarrollado fundamentalmente alrededor del fútbol y el microfútbol, pero su visión del deporte comunitario ha ido mucho más allá.

Desde los comités deportivos de las Juntas de Acción Comunal ha promovido disciplinas como fútbol, fútbol de salón, baloncesto, voleibol, taekwondo, atletismo y ciclismo, así como actividades dirigidas a personas adultas y mayores.

También ha impulsado el cachibol y otros procesos recreativos, convencido de que la actividad física no debe estar reservada exclusivamente para quienes compiten.

Los triunfos que recuerda con especial orgullo

Entre los logros que el propio Burgos considera más importantes está el haber conseguido el título de campeón a nivel distrital con un equipo de veteranos.

También destaca haber alcanzado tres veces el subcampeonato en los Intercolegiados, en procesos vinculados con los colegios Bravo Páez y Restrepo Millán. El relato del Profe Burgos, incluido el recuerdo de aquel campeonato distrital obtenido durante la administración de Antanas Mockus, es una pieza más de esa memoria.

Porque preservar la historia deportiva de Rafael Uribe Uribe también es reconocer a quienes, desde los barrios, han trabajado para construir comunidad a través del deporte.

Pero cuando habla de sus logros, Burgos no se refiere únicamente a trofeos.

Para él, uno de los mayores resultados de su trayectoria ha sido conseguir que los niños de Rafael Uribe Uribe comiencen desde la primera infancia a acercarse al deporte, la recreación y la actividad física.

Es allí donde su historia adquiere otra dimensión: la del dirigente que entiende el deporte como formación y como oportunidad.

“Goles de Paz y Convivencia”

Una de las iniciativas que identifica como parte de su trayectoria es la escuela “Goles de Paz y Convivencia en Rafael Uribe”, concebida para trabajar con niños desde los 6 años, jóvenes y posteriormente adultos mayores.

La propuesta resume buena parte de su concepción del deporte: no solamente formar jugadores, sino generar espacios para que niños, jóvenes y adultos encuentren alternativas de participación, recreación y convivencia.

Su participación en los Interbarrios a nivel distrital también forma parte de esa historia.

En 2018, por ejemplo, un equipo de Rafael Uribe Uribe dirigido por Burgos llegó hasta los cuartos de final del campeonato Interbarrios del IDRD y terminó en el octavo lugar entre 385 equipos de la categoría correspondiente.

De las canchas a la bicicleta

El trabajo de Burgos tampoco se ha limitado al fútbol.

Desde el Consejo Local de la Bicicleta promovió el buen uso de este medio de transporte y la creación de escuelas de la bicicleta dirigidas a diferentes grupos de edad.

La idea de fondo era la misma: generar oportunidades para que niños, jóvenes, adultos y personas mayores pudieran encontrar en la actividad física una alternativa de bienestar y participación.

El DRAFE: un nuevo capítulo

En 2026, Burgos asumió la presidencia del DRAFE, responsabilidad que interpreta como un reconocimiento a una trayectoria construida durante décadas.

Para él, haber llegado a esa posición significa que la comunidad reconoce su conocimiento del territorio y su permanente vinculación con el deporte.

Pero también representa una responsabilidad.

Entre sus preocupaciones está la necesidad de que los recursos disponibles sean suficientes para atender a una población que demanda mayores oportunidades de acceso al deporte, la recreación y la actividad física.

El dirigente considera, además, que deben ser escuchadas y reconocidas numerosas escuelas y grupos deportivos que trabajan en los barrios sin contar con el aval institucional que les permita acceder en mejores condiciones a programas y recursos.

Su planteamiento parte de una realidad que conoce desde adentro: muchos líderes deportivos realizan su trabajo con recursos limitados y sostienen procesos comunitarios gracias al esfuerzo personal y colectivo.

El desafío: que el deporte llegue a todos

Para Burgos, uno de los principales problemas del deporte en Rafael Uribe Uribe es precisamente la insuficiencia de recursos frente a las necesidades de la población.

Su expectativa durante su periodo en el DRAFE es que los programas existentes puedan mantenerse y que cada año lleguen nuevas iniciativas a la localidad.

Esa visión coincide con la orientación del Proyecto 2795, “Rafael Uribe Uribe deportiva, recreativa y con bienestar”, que contempla procesos de formación deportiva y actividades recreodeportivas comunitarias. La contratación asociada al proyecto incluye, entre otros componentes, servicios de instructores para procesos de formación y actividades dirigidas a la comunidad.

De esta manera, la inversión pública y el liderazgo comunitario encuentran un punto de encuentro: las políticas y programas necesitan llegar al territorio, pero también requieren de personas y organizaciones que conozcan las necesidades de quienes viven en los barrios.

El deporte como encuentro entre culturas

Y es precisamente aquí donde el campeonato interétnico que da origen a esta historia adquiere especial significado.

En una localidad diversa como Rafael Uribe Uribe, el deporte puede convertirse en un lenguaje común.

En una cancha no solamente se enfrentan equipos. También se encuentran historias, culturas, generaciones y formas distintas de entender la vida.

El campeonato interétnico, con el respaldo de la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe, el desarrollo asociado al Proyecto 2795 y el acompañamiento de la Fundación Mecedoras de Mis Ancestros, representa esa posibilidad de encuentro.

Su importancia no está únicamente en quién gana o quién pierde.

Está en que las comunidades puedan compartir, reconocerse y construir relaciones a partir de una actividad que convoca a todos: el deporte.

Una historia que todavía se está escribiendo

La trayectoria del Profe Burgos comenzó cuando tenía 10 años y reunía a los muchachos de su cuadra para organizar un equipo.

Han pasado décadas desde entonces.

En ese recorrido hubo campeonatos, derrotas, victorias, escuelas de formación, clubes, Juntas de Acción Comunal, bicicletas, procesos juveniles, Interbarrios y ahora la responsabilidad de presidir el DRAFE.

Pero quizás el verdadero hilo conductor de toda esa historia no sean los trofeos.

Sea la gente. Los niños que encontraron una cancha. Los jóvenes que encontraron una oportunidad. Los adultos que encontraron un espacio para mantenerse activos. Las comunidades que encontraron en el deporte una forma de encontrarse. Y ahora, las distintas comunidades étnicas que pueden reconocerse unas a otras en un mismo escenario deportivo.

Porque, al final, el mayor triunfo del deporte comunitario no siempre queda registrado en un marcador.  A veces se encuentra en algo mucho más sencillo y profundo: lograr que una comunidad se encuentre, participe, se reconozca y vuelva a creer que juntos también se puede construir territorio.

Ese es el valor que trasciende el campeonato interétnico y que permite entender la historia del Profe Burgos: un hombre que comenzó organizando equipos de su cuadra y que, décadas después, continúa trabajando para que el deporte sea una puerta abierta para toda la comunidad de Rafael Uribe Uribe.

El reto de preservar la historia deportiva

Rafael Uribe Uribe tiene una importante historia deportiva que todavía está por contarse en toda su dimensión. Son muchas las personas, equipos, escuelas, campeonatos y procesos que han contribuido a consolidar esa memoria.

Recoger los testimonios de quienes protagonizaron esas experiencias es una tarea necesaria. No solamente para recordar los triunfos, sino también para reconocer el esfuerzo de quienes hicieron posible que muchos niños y jóvenes encontraran en el deporte una alternativa para crecer y construir su proyecto de vida.

Porque preservar la historia deportiva de Rafael Uribe Uribe también es reconocer a quienes, desde los barrios, han trabajado para construir comunidad a través del deporte.

Notas de Acción continuará recogiendo estas historias y las voces de los líderes que han contribuido al desarrollo deportivo y comunitario de la localidad.






Los Juegos Indígenas, parte de las estrategias deportivas y recreativas dirigidas a poblaciones étnicas

El deporte ocupa un lugar importante en la vida comunitaria de Rafael Uribe Uribe. 

Por iniciativa de la propia ciudadanía, la Administración Local ha respaldado diferentes procesos y actividades deportivas mediante los presupuestos participativos, convirtiendo las propuestas de la comunidad en acciones que contribuyen al bienestar y la integración de los habitantes.


Los juegos tradicionales indígenas tienen una dimensión cultural, comunitaria y de transmisión de saberes que aporta a la cultura local. Pronto daremos respuesta a estas inquietudes.

  • Quiénes participan y a qué comunidad o pueblo indígena pertenecen.
  • Qué juego o juegos tradicionales van a presentar.
  • Qué significado tienen esos juegos dentro de su cultura.
  • Si los juegos han sido transmitidos de generación en generación.
  • Qué esperan de esta cuarta edición.
  • Cómo valoran que se realice en Rafael Uribe Uribe.
  • Qué papel han tenido la Alcaldía Local, el IDRD y las organizaciones comunitarias.
  • Qué diferencias encuentran entre esta edición y las anteriores.
  • Qué mensaje quieren dejarle a los niños, jóvenes y habitantes de la localidad.

Por ahora veamos las invitaciones.






¿Qué se perdería la sociedad si estos juegos y saberes indígenas dejaran de practicarse?