El caso del consultor argentino vuelve a poner bajo la lupa el uso de redes sociales, cuentas automatizadas y estrategias digitales en las campañas políticas de América Latina.
¿Hasta qué punto las tendencias que vemos diariamente en las redes sociales representan realmente lo que piensa la ciudadanía?
El caso del consultor político argentino Fernando Cerimedo vuelve a plantear esta pregunta y pone en discusión el creciente papel de las operaciones digitales en los procesos electorales latinoamericanos.
Cerimedo ha sido presentado durante los últimos años como estratega y consultor de campañas políticas en distintos países de la región. En declaraciones públicas, él mismo ha atribuido a su equipo participación en campañas electorales de América Latina.
En una de esas intervenciones afirmó:
“2025 fue un año muy complicado para los consultores, pero nos fue muy bien. Junto con nuestro equipo ganamos dos elecciones”.
En esa misma declaración mencionó su participación en Bolivia y Honduras y sostuvo que su equipo había contribuido a resultados electorales que calificó como importantes.
Estas declaraciones adquieren especial relevancia frente a las informaciones que posteriormente han circulado sobre investigaciones relacionadas con Cerimedo y sobre el funcionamiento de estructuras digitales utilizadas para intervenir en la conversación política.
¿Cómo funcionan las llamadas granjas de bots?
Una granja de bots es una infraestructura destinada a gestionar numerosas cuentas digitales, algunas automatizadas y otras operadas de manera coordinada. Estas herramientas pueden utilizarse para publicar contenidos, replicar mensajes, generar interacciones artificiales o amplificar determinadas etiquetas y temas.
El objetivo no siempre consiste en convencer directamente a una persona.
Una operación coordinada puede intentar influir en los algoritmos de las plataformas, haciendo que determinados contenidos obtengan una visibilidad mucho mayor de la que tendrían mediante la interacción espontánea de usuarios reales.
De esta manera, un asunto inicialmente minoritario puede adquirir apariencia de tendencia; una opinión puede parecer mayoritaria y una controversia puede crecer artificialmente.
La cuestión central, por tanto, no es solamente quién publica un mensaje, sino quién lo amplifica, mediante qué mecanismos y con qué recursos.
Del usuario real a la falsa sensación de mayoría
Las redes sociales funcionan, en buena medida, mediante sistemas algorítmicos que seleccionan y amplifican contenidos a partir de variables como interacción, velocidad de difusión y comportamiento de los usuarios.
Una operación coordinada puede intentar aprovechar esas reglas.
Si miles de cuentas publican o comparten simultáneamente un determinado mensaje, el sistema puede interpretar que existe un elevado interés alrededor de ese contenido.
El resultado puede ser una apariencia de movilización ciudadana que no necesariamente corresponde con el tamaño real de la opinión existente fuera de las plataformas.
Por eso, detrás de una tendencia digital aparentemente espontánea pueden existir diferentes escenarios: una movilización ciudadana genuina, una campaña organizada de comunicación, una operación de propaganda o una combinación de estos elementos.
Cerimedo y las campañas latinoamericanas
Cerimedo ha hablado públicamente sobre su participación en diferentes procesos electorales y ha mencionado a dirigentes políticos de varios países.
Entre los nombres relacionados públicamente con su actividad aparecen campañas y figuras políticas de Argentina, Bolivia y Honduras, entre otros países.
Sin embargo, atribuirle directamente el resultado de una elección o afirmar que una determinada campaña fue manipulada mediante bots exige pruebas específicas para cada caso.
Una cosa es que un consultor reivindique su participación en una campaña y otra, diferente, demostrar que una estructura digital haya manipulado la voluntad electoral de millones de personas.
Esta distinción resulta fundamental para comprender el alcance real del caso.
El próximo escenario: México
Uno de los aspectos que mayor atención ha generado es la posibilidad de que estructuras de comunicación política digital intenten intervenir en la conversación pública mexicana.
En declaraciones difundidas recientemente, personas vinculadas a estas investigaciones han señalado que Cerimedo habría tenido interés en participar en la disputa política mexicana y en atacar digitalmente al gobierno de Claudia Sheinbaum.
Estas afirmaciones deben ser contrastadas con documentos, investigaciones oficiales y otras fuentes independientes antes de presentarlas como hechos comprobados.
Lo que sí resulta verificable es que México constituye un escenario de enorme importancia política y que las redes sociales desempeñan allí un papel cada vez más relevante en la formación de opinión pública.
Una estructura que podría sobrevivir a sus operadores
El aspecto más importante del caso quizá no sea la figura individual de Cerimedo, sino la posibilidad de que existan estructuras tecnológicas, financieras y comunicacionales capaces de sobrevivir al reemplazo de sus operadores.
Una granja de bots, una red de cuentas coordinadas o una empresa dedicada a la comunicación política no desaparecen necesariamente porque uno de sus integrantes sea investigado o detenido.
La tecnología puede continuar funcionando. Las cuentas pueden ser reemplazadas. Los operadores pueden cambiar y las estrategias pueden trasladarse de un país a otro.
Por eso, la discusión sobre Cerimedo también abre una pregunta más amplia: ¿están preparados los sistemas democráticos latinoamericanos para enfrentar operaciones digitales coordinadas capaces de alterar artificialmente la conversación pública?
La nueva batalla política se libra también en las pantallas
Durante décadas, la disputa política estuvo concentrada principalmente en plazas públicas, medios impresos, radio y televisión. Hoy, buena parte de esa batalla ocurre en teléfonos celulares y plataformas digitales.
El ciudadano recibe diariamente miles de mensajes, videos, titulares, memes y comentarios.
Algunos son producidos por periodistas. Otros por partidos políticos, empresas, activistas o ciudadanos. Y otros pueden ser generados o amplificados mediante sistemas automatizados.
La dificultad consiste en distinguir entre participación ciudadana auténtica y operaciones coordinadas destinadas a fabricar una percepción determinada.
Por eso, la alfabetización digital y la verificación de información adquieren una importancia creciente.
Más allá de Cerimedo
El caso Fernando Cerimedo debería ser analizado más allá de simpatías o diferencias ideológicas.
La pregunta fundamental no es solamente a qué sector político beneficia una determinada operación digital.
La pregunta es si un pequeño grupo de operadores, mediante dinero, tecnología y redes automatizadas, puede influir artificialmente en aquello que millones de ciudadanos creen que está pensando la sociedad.
Si la respuesta fuera afirmativa, el problema trascendería a cualquier partido, candidato o gobierno.
La democracia necesita ciudadanos informados y capaces de distinguir entre una opinión auténtica, una campaña legítima de comunicación política y una operación coordinada de manipulación.
En un escenario donde cada teléfono puede convertirse simultáneamente en receptor, productor y amplificador de información, comprender cómo funcionan las redes resulta también una forma de defender el derecho ciudadano a formar su propia opinión.
Y esa quizá sea la principal lección que deja, por ahora, el caso Cerimedo: antes de creer que una tendencia representa necesariamente “lo que piensa la gente”, conviene preguntarse quién la inició, quién la amplificó, con qué recursos y qué intereses existen detrás de ella.

